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LA CASA NATAL DE ARTIGAS EN MONTEVIDEO
Del Suplemento Especial, publicado por el Ejército
Nacional, Departamento de Estudios Históricos del Estado Mayor del
Ejército, apartado del Boletín Histórico del Ejército, N° 132-135
(tercera edición), el 14 de junio de 1974.
La casa no era amplia, tampoco podía llamársela bella.
Pero resultaba cómoda.
En 1832 en que le fue adjudicada a la hija primogénita
Martina Antonia, la acción del tiempo ya le había causado deterioros,
pero mantenía todavía cubiertos sus gruesos muros de piedra y firme
su alargado techo de teja, a dos aguas, de aleros rasantes (sin
aleros), techo cuya construcción había demandado en su lejana época
y vaya el detalle para los que gustan de cifras exactas el empleo
de 5000 tejas sin una más ni una menos.
De acuerdo a su orientación en aquella esquina, la
casa recibía el embate de los vientos del sur, por la parte de su
mojinete, proyectado a su vez hacia la calle San Benito (Colón hoy
y anteriormente sin nombre) la bañaban desde el amanecer los rayos
del sol.
En este frente se abrían dos pequeñas ventanas sin
rejas, flanqueando a distancia proporcionada la principal abertura,
o sea la que, en su lenguaje corriente, los familiares denominaban
desde vieja data con cierto énfasis portal de entrada. Sus dinteles
se apoyaban sobre un escalón de piedra. Hacia la esquina se abría
la segunda puerta, también con su escalón.
Construida en un solo cuerpo, la casa alargaba allí
su planta rectangular de unas 18 varas de largo (m. 15,03) por 6
y media de ancho (m. 5,4275) teniendo una altura de 3 varas (m.
2,52) hasta los aleros y 5 (m. 4,18) hasta la cumbrera. En esta
planta se contaban tres piezas corridas, también con denominación
propia en el lenguaje familiar, o sean el cuarto esquina, la sala
y el cuarto dormitorio.
Entre el primero y la segunda se mantenía interiormente
la separación de ambientes mediante una divisoria de adobe, y entre
ésta y el último cuarto, realizaba igual objetivo una divisoria
en que se abría una abertura con marco, sin batientes. La sala que
no era otra cosa que el comedor, comunicaba a la calle por el portal
de entrada y recibía la luz también por una de las ventanitas (ventana
a la calle) ya mencionadas. La segunda ventana corresponde al cuarto
dormitorio, que además tenía otra en opuesto sentido (¿ o sería
una puerta?), con vista al gran patio, sin corredor (¿no tendría
alero?), todo pavimentado de piedra loza y hacia el cual sólo tenía
salida desde las dos piezas primeramente mencionadas.
En este patio se veía implantado hacia la parte de
la calle San Luis (hoy Cerrito), el llamado cuarto de los viejos,
para cuya construcción contribuyó con los materiales correspondientes
Martín José Artigas.
En el mismo patio, situada frente al cuarto dormitorio,
del que distaba unas pocas varas, estaba la cocina, lugar de estar
de la familia, como todas las de su tiempo, y donde a la hora del
asado confraternizaban en rueda cordial amos y esclavos. Era bastante
amplia y disponía de un fogón con estribadero, campana y chimenea.
Tenía, como únicas aberturas una puerta y una ventana. Sobre sus
paredes de piedra, reposaba un techo armado con 18 tijeras (vigas
de madera en forma de cabreadas) y cubierto en 800 tejas. Tal era
en sus principales características la casa (natal) de Artigas.

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ARTIGAS Y LOS BLANDENGUES
En marzo de 1797, a los treinta
y dos años de edad, ya no pudo contener los impulsos de su vocación,
e ingresó, como soldado raso, en el Regimiento de Blandengues de
Montevideo.
En aquellos tiempos, la campaña
de la Banda Oriental gemía bajo el puñal del salteador y el zarpazo
de los ladrones de haciendas. Los destacamentos rurales de soldados
veteranos, eran impotentes para contener el empuje arrollador de
los indios, y no lograban reprimir el robo y el contrabando del
ganado. Los portugueses extendían su codicia en más de diez y seis
mil leguas de tierras españolas, comprendidas entre el río Ibicuy
Grande y el cerro de Las Palomas. Y habitaban las posesiones de
los hacendados de esta Banda Oriental; ocupaban sus campos; corrían
y mataban sin temor, sin cuidado, y sin oposición. (1)
El Regimiento de Blandengues
se creó para remediar todos esos males.
El ojo de lince del Virrey
don Antonio Olaguer Feliú y Heredia, alcanzó a descubrir, en el
soldado raso José Artigas, condiciones insuperables de mando y remarcable
prestigio personal. Y le confió las funciones de Teniente de Blandengues.
Las primeras providencias de Artigas se concretan a reclutar hombres
capaces para la integración del Regimiento. Acuden a su llamado
doscientos paisanos, a quienes no cansarán las fatigas de las largas
marchas a caballo, ni las dificultades que se opongan a sus arriesgadas
comisiones, ni volverán tampoco grupas ante el peligro de la muerte.
Ya cuenta el Regimiento de
Blandengues de Montevideo con ochocientos lanceros.(2)
Y se empeña resueltamente en
poner orden en el caos de la campaña....
...No hay atajo, ni vado en
que la presencia de Artigas no alcance a sorprender y dispersar
a los tenaces contrabandistas portugueses. No hay, entre los altos
pastos de los campos abiertos, huella de ganado vacuno y caballar
robado que no sea descubierta y seguida en su escondido curso.
Caudillo, baqueano, rastreador,
Artigas obtiene, durante esta campaña de limpieza, los despachos
de Ayudante Mayor de Blandengues.
Habría querido ganar, galón
a galón, los grados de la carrera militar, pero pone tanto celo
en el cumplimiento del servicio, tanto se reconoce y se encarece,
entre los hacendados y las autoridades superiores, su pericia, su
valor y su acrisolada honradez, que de pronto asciende a jerarquías
de responsabilidad.
(1) Exposición del gremio de
hacendados, presentada al Cabildo de Montevideo en 1795.
(2) Víctor Arreguine: Historia
del Uruguay
Miguel Víctor Martínez
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